En las últimas semanas, Sinaloa ha sido escenario de una tragedia que no solo duele, sino que nos obliga a detenernos y reflexionar profundamente como sociedad. Dos niños, hermanos de apenas 12 y 9 años, fueron arrancados de la vida por un acto de violencia que jamás debió ocurrir. Este suceso no solo afecta a una familia; nos afecta a todos. Una herida que pone en evidencia las fracturas de un tejido social que hemos descuidado durante mucho tiempo. Me he querido mantener al margen para emitir mi opinión ante este suceso, he escuchado múltiples opiniones y posturas al respecto, respeto a todos en su forma de pensar, en su forma de sentir y de ver los hechos. En un México donde las noticias de violencia se han vuelto parte de la rutina diaria, cada vez parece más difícil detenernos y reflexionar el dolor que estos eventos generan. Pero este caso no puede pasar desapercibido. Dos niños no deberían morir por un sistema que ha fallado en protegerlos. No podemos permitirnos seguir viv...