Cada 2 de octubre, recordamos uno de los episodios más oscuros en la historia de México: la masacre de estudiantes en 1968. Aquel día no fue solo un intento de silenciar una protesta, fue una traición a los sueños de una generación que exigía libertad y justicia, el simple hecho de pensar como padre de uno de esos muchachos, me deja con un corazón acongojado, no saber donde está, la impotencia de no poder llamarle, el grito desgarrador de búsqueda, solo eran unos simples muchachos con muchos sueños por delante, y todo esto sucedió bajo el mando de Gustavo Díaz Ordaz, cuando el gobierno decidió que la violencia era la respuesta a una juventud cuestionadora. Hoy, más de cinco décadas después, la herida sigue abierta, porque eso fue más que una represión, fue el intento de apagar a un grupo de estudiantes que anhelaban un país diferente. Si no tomamos conciencia de estos hechos que hoy recordamos, estamos destinados a v ivir en silencio, reprimir lo que sentimos o pensamos, es sinónimo de...