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El precio de equivocarme ¡Lo he pagado con creces!

Imagina que por cada error que he cometido tuviera que pagar una cierta cantidad de dinero a un fondo de ahorro; un fondo en el que, cuando corrija ese error, el dinero se me devuelva. No lo sé, pero seguro ahorita estaría en un crucero por el Mediterráneo tomándome una mimosa. Ahora imagina que no tuviera que pagar por ese error en “cash”, sino que me dieran crédito; aun así, seguiría más endeudado de lo que estoy.

Pero el precio real de equivocarme lo he pagado con otra cosa. Y a mis 38 años ya lo tengo claro: lo pagué con aprendizaje. La pregunta incómoda es: ¿aprendizaje a qué costo? Sin romantizar ni sonar trillado, cada error ha sacado una versión mejor de mí. No fue de la noche a la mañana. Ha sido un proceso largo, vivo, y a veces doloroso, que aprendí porque no quedó de otra: o cambiaba, o me quedaba estancado donde estaba.

Cada comienzo de año hago ese recuento de dónde me encuentro y dónde estaba cuando empecé. Y sin duda el camino recorrido es bastante. Año tras año hay avance. Nunca he estado en el mismo sitio. He avanzado… poco, pero he avanzado.

Si tuviera que nombrar una sola causa que me ha llevado a equivocarme, una se levanta por encima de todas: pensar que puedo solo. Esa es la mayor mentira que me he dicho a mí mismo.

Nunca he podido solo. Y más que una opinión, es un hecho que la vida me ha repetido de distintas formas: cuando más he querido cargar todo, más me pesa; cuando más me cierro, más se complica; cuando más me aíslo, más lento camino. Siempre necesitamos ayuda de alguien. Siempre. Si no es de una persona, es de un principio, de una fuerza, de algo más grande que uno.

Y no lo digo desde la debilidad, sino desde la realidad: caminar solo puede sentirse valiente al inicio, pero con el tiempo se vuelve caro. Caro en decisiones, caro en paz, caro en claridad.

La familia es clave para ese crecimiento, para corregir errores. Ese núcleo cercano, ese núcleo íntimo, sostiene más de lo que uno reconoce. Y si no son ellos, entonces esa figura celestial y/o divina es quien debe empujarnos.

Lo he hecho en repetidas ocasiones: rezar es algo que me ayuda a seguir. Y cuando me he alejado de mi fe, de mi centro, ha sido de los errores más grandes que he cometido. Porque la espiritualidad, como yo la entiendo, no es una pose ni una etiqueta; es un recordatorio de que no estoy solo y de que no todo recae en mi control.

Si tú que estás leyendo no eres creyente de un Dios Todopoderoso, entonces dale gracias al Universo, a la vida, al sol, a lo que sea que te mueva. Pero reconoce esto: necesitamos un centro, una fuerza interior que nos sostenga cuando todo afuera se mueve. No para evadir la vida, sino para enfrentarla con más paz.

Otra cosa que he aprendido a fuerza de equivocarme es que necesitamos un “crew”, una “squad”. Caminar solos con el paso del tiempo se va haciendo más difícil. Y aquí hay una verdad que a veces nos cuesta admitir: no basta con tener gente alrededor; hay que saber con quién caminar.

No me refiero a la familia en este apartado. Hablo de amigos, compañeros de trabajo, camaradas. Ellos son quienes te acompañan en el recorrido. Y en el trayecto muchos se van a sumar y muchos otros se van a bajar. Pero ojo: la dirección del trayecto también se ajusta. Las metas no son las mismas de años anteriores, los objetivos tampoco. Entonces toca definir el nuevo rumbo y pensar quiénes sí van a caminar contigo.

Habrá tripulación dentro de ese recorrido que se tendrá que ir. Y créeme: no es tan difícil como pensamos. A veces es más sanador de lo que imaginamos.

Y aquí entra otra parte del precio que pagué por equivocarme: no tener el valor para pedir ayuda. Se parece a querer caminar solo, pero no es lo mismo. Puedes estar acompañado y aun así no pedir ayuda. Puedes tener gente cerca y seguir atorado si no te atreves a decir “necesito guía”.

Para mí, no hay acto más heroico que el de una persona que ha tocado fondo, se ha equivocado y pide ayuda. Eso es valiente. No hablo de pedir ayuda para que te presten $100.00. Hablo de pedir ayuda para sacar tu mejor versión: un mentor, una persona guía, alguien que tenga algo que admiras y cuyo consejo te ayude a levantarte, a reenfocarte, a reconstruirte.

En este punto, te invito a hacer algo simple: piensa quién sería esa persona. ¿Tu esposo(a)? ¿Tu papá o mamá? ¿Tu hermano(a)? ¿Tu abuelo(a)? ¿Tu amigo(a)? Sea quien sea, que sea alguien que sume; alguien que te empuje con amor y con verdad.

Quiero invitarte a que enlistes tus logros, que te des cuenta de lo que has construido. No estarías aquí si no hubieras cometido errores, pero también es cierto que has hecho muchas cosas bien. Dale crédito al sufrimiento que has vivido: por él estás aquí, pero no para quedarte en él, sino para entender lo que te vino a enseñar.

Cuando nos comparamos con alguien, lejos de ayudarnos, muchas veces lo hacemos para avergonzarnos. Y ese no es el propósito. Las comparaciones pueden ser buenas, sí, siempre y cuando se hagan con propósito: compararnos para crecer, para decir “aquí tengo que apretar”, “necesito capacitarme”, “necesito redefinir el rumbo”.

He aprendido que invertir en mí mismo es una buena inversión: un buen gimnasio, un buen colchón, un buen libro, un buen curso, una buena capacitación. Todo suma. Todo enriquece. La disciplina en todo esto es clave. Como lo mencioné al comienzo, este proceso de cambio lo llevo trabajando por más de tres años, y claro que soy una mejor versión de mí mismo: no sólo físicamente, sino mental y espiritualmente.

Hoy quiero que te incomodes: rompe con esa red tóxica de amistades que no te suman nada bueno. Crea relaciones en las que abunde el amor. Y si te gusta, como a mí, andar la mayor parte del tiempo solo, entonces que ese rato de soledad sea para mirarte con honestidad, para analizarte, para volver a tu centro; acércate a una deidad, a una fuerza, a algo que te traiga paz.

Soy único. Nadie es mejor o peor que yo. La competencia es sólo con mi pasada versión. Suelto y dejo mis manos libres para alcanzar lo que viene.

Y vuelvo al inicio, porque esto es lo que más sentido me hace hoy: si de verdad yo tuviera que pagar por cada error como si fuera dinero, quizá estaría endeudado hasta el cuello… o quizá, con suerte, ya me habría “devuelto” algo de ese fondo. Pero la vida no me cobró en efectivo: me cobró en tiempo, orgullo, silencios y decisiones difíciles. Y cuando por fin corregí, cuando por fin pedí ayuda, cuando por fin volví a mi centro, lo que se me devolvió no fue dinero: fue claridad. Fue aprendizaje. Fue una mejor versión de mí.



Comentarios

  1. Excelente reflexión sobre la vida, me encanta realmente como me siento identificado con cada palabra y cada oración, estoy totalmente de acuerdo,
    cada error he cometido, me ha servido para ser más más fuerte, y claramente como usted lo menciona ya no soy la misma persona que fui hace algunos años, cada decisión buena o mala suma y suma para crear lo que ahora somos y de nosotros depende que personas queremos lograr ser… y aveces cometeremos errores en cualquier
    Circunstancia de la vida pero debemos estar consciente y dar gracias a dios que para aprender a veces vamos a tropezar y si tenemos a alguien como tu familia que siempre está a tu lado todo va ser más fácil y no quedará mas una solo experiencia más y serás una persona mejor cada día…!

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