Cada 2 de octubre, recordamos uno de los episodios más oscuros en la historia de México: la masacre de estudiantes en 1968. Aquel día no fue solo un intento de silenciar una protesta, fue una traición a los sueños de una generación que exigía libertad y justicia, el simple hecho de pensar como padre de uno de esos muchachos, me deja con un corazón acongojado, no saber donde está, la impotencia de no poder llamarle, el grito desgarrador de búsqueda, solo eran unos simples muchachos con muchos sueños por delante, y todo esto sucedió bajo el mando de Gustavo Díaz Ordaz, cuando el gobierno decidió que la violencia era la respuesta a una juventud cuestionadora. Hoy, más de cinco décadas después, la herida sigue abierta, porque eso fue más que una represión, fue el intento de apagar a un grupo de estudiantes que anhelaban un país diferente. Si no tomamos conciencia de estos hechos que hoy recordamos, estamos destinados a vivir en silencio, reprimir lo que sentimos o pensamos, es sinónimo de encerrar nuestra capacidad de crecer y trascender. Los estudiantes que se manifestaron ese día lo hicieron porque entendieron que el miedo a expresar sus ideas era un obstáculo para su libertad.
Este hecho histórico nos debería obligar a reflexionar sobre el presente y salir de nuestra zona de confort, pensar "qué flojera manifestarme" es condenar a nuestros hijos a que vivan bajo el yugo represor. En la actualidad, en Sinaloa y como Universitario, vemos una lucha por la autonomía en la Universidad Autónoma de Sinaloa, donde las reformas a la Ley Orgánica amenazan la independencia de la institución. La autonomía universitaria no es solo un derecho administrativo, es la base sobre la cual las universidades pueden garantizar la libertad de pensamiento, investigación y expresión. Al igual que en 1968, cuando el gobierno buscaba controlar a los estudiantes, hoy parece que se intenta subordinar a la UAS, restringiendo el espacio para el libre ejercicio académico y cívico.
Dejando del lado la situación que vive la Universidad, en nuestra vida personal, en nuestro caminar diario, muchas veces nos hemos encontrado en situaciones donde nos reprimimos, donde el miedo a la crítica o al rechazo nos impide avanzar. En muchas ocasiones en vida laboral me he quedado callado, aceptando lo que no me hace feliz, esa misma represión se convierte en una cárcel emocional. Si algo me enseña el 2 de octubre es que la vida no se vive en silencio. Al igual que aquellos muchachos, hijos, nietos, novios, esposos, que alzaron la voz por un México más libre, así debemos de tener el coraje de hablar cuando algo nos afecta o nos limita. Con el tiempo aprendí que es mejor alzar la voz y pronuciarte ante las situaciones que se viven.
Quiero hacer énfasis de que no se trata solo de enfrentar injusticias externas, sino también las internas: los pensamientos, creencias y miedos que nos detienen. Para superar estos obstáculos, es necesario aprender a expresar lo que sentimos, a dejar de aceptar lo que no nos hace crecer. Todos nosotros tenemos una voz única, y reprimirla es reprimir nuestro intelecto. La libertad no es solo un derecho, es una decisión de vida.
Así que, mientras recordamos a los caídos de 1968, también reflexionemos sobre las luchas que siguen vigentes. Porque tanto ayer como hoy, lo que está en juego es nuestra capacidad de resistir ante los embates del poder. El 2 de octubre no se olvida, porque nos recuerda que la libertad debe ser defendida, sin importar el costo.

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