Hola a todos, nuevamente les escribo sobre algo que tiene mucha relevancia en mi vida. Últimamente, he estado inmerso en un verdadero choque cognitivo respecto a lo que llamamos "esperanza". Me pregunto constantemente: ¿es un aliado o más bien un enemigo? Esta pregunta ha rondado mi mente buscando respuestas, y a lo largo de los años he llegado a concretar dos posturas. A continuación, se las compartiré en detalle.
Aquellos que me han leído antes sabrán que crecí bajo una fuerte influencia de la religión católica, gracias a mi abuela paterna. De niño asistí al catecismo, participé activamente en el grupo de jóvenes de la iglesia, canté durante años en el coro y hasta fui adorador nocturno. Podría decirse que tengo un amplio “curriculum” en el catolicismo. En ese sentido, quiero compartirles una reflexión: la religión católica promueve la esperanza como un acto de fe, una espera constante de una mejor situación bajo la guía divina. Es un romanticismo alentador que nos ayuda a sobrellevar nuestras cargas emocionales, esa idea de que el sufrimiento aquí en la Tierra será recompensado en un lecho divino. Para muchos, incluido yo en su momento, esta era una ideología que marcaba mis días: siempre con la esperanza de que "Dios proveerá".
Pero aquí es donde surge mi cuestionamiento. ¿Cómo mantenemos esa esperanza viva con el paso del tiempo? Para mí, por muchos años, fue solo cuestión de aferrarme a esa fe, esperar que las cosas mejoraran por sí solas. Sin embargo, un día me encontré reflexionando desde una perspectiva completamente distinta, vinculando la esperanza con la acción de nuestros actos. Ahí fue cuando recordé "El coronel no tiene quien le escriba" de Gabriel García Márquez. Es una novela que plasma, de manera casi agónica, el concepto de la esperanza: una carta que nunca llegó y la espera eterna de una mejora que jamás ocurrió. ¿Tenían poca esperanza? ¿No la pidieron con fe? A partir de este choque, empecé a cuestionar si la esperanza realmente es nuestra aliada o, por el contrario, un enemigo silencioso.
Recientemente, terminé el libro "El juego del dinero" de Robert T. Kiyosaki (estoy en una búsqueda personal por la libertad financiera, pero eso es otro tema). Lo que realmente me impactó fue el capítulo 12, que comienza con una frase contundente: "El ladrón más grande de todos es la esperanza". Ese capítulo me sacudió. Reflexioné profundamente sobre la esperanza y me di cuenta de que nos enseña a ser optimistas, a creer que todo mejorará. Pero ¿no es más importante actuar para que las cosas sucedan? No podemos esperar, con los brazos cruzados, que "Dios" o alguna fuerza del universo nos resuelva la vida. Debemos ser nosotros quienes tomemos las riendas, quienes decidamos el rumbo de nuestras vidas. ¿Cómo lo hacemos? Actuando en la dirección que nos permita mejorar constantemente.
Obviamente, algunos aspectos de la vida están fuera de nuestro control. Estoy seguro de que algunos de ustedes pensarán en los eventos generales que impactan nuestra vida diaria, como el precio de la gasolina o la fluctuación del peso frente al dólar. En esos casos, sí, no nos queda más que “poner santos de cabeza” y esperar que la situación mejore. O, si somos más pragmáticos, podemos mantenernos al tanto de los eventos internacionales, como la guerra en Ucrania o la próxima elección presidencial en Estados Unidos, ya que estos contextos afectan directamente esos temas económicos.
Lo que sí está en nuestras manos es nuestra actitud frente a estos retos. En Sinaloa, por ejemplo, la inseguridad es un tema que genera ansiedad y temor en muchos. Pero, en lugar de solo esperar que las autoridades resuelvan la situación, podemos empezar a cambiar las cosas desde casa, inculcando valores que se alejen de la cultura del narco, promoviendo el respeto y el trabajo honesto. Ahí es donde radica nuestra verdadera fuerza: en las pequeñas acciones que hacemos día a día.
Volviendo a la reflexión inicial sobre la esperanza, me gustaría saber su opinión. ¿La esperanza es realmente el "ladrón más grande", como sugiere Kiyosaki? Para algunas personas, la esperanza puede robar sueños y anhelos, convirtiéndose en una excusa para la inacción. Para otras, la esperanza es ese motor que impulsa a seguir adelante y buscar soluciones. Entonces, llego a una conclusión personal: cada quien ve el vaso como quiere verlo, medio lleno o medio vacío. Y si lo ven medio vacío, tal vez es hora de cambiar de vaso por uno más pequeño.
Aún me resulta complicado posicionarme completamente en una postura. La esperanza que tenía de niño y joven de que mi vida mejoraría se está cumpliendo. Pero nada cayó del cielo. Tomé acción, fui el catalizador de los cambios en mi vida. Puede que la esperanza haya sido un punto de partida, pero fueron las acciones las que materializaron esos cambios, aunque de manera lenta pero segura.
Para mí, la esperanza no es el mayor ladrón en nuestras vidas. Existen otros ladrones, como la apatía, el conformismo y el miedo, que nos roban mucho más. Y ustedes, ¿qué opinan? ¿Cómo visualizan la esperanza en sus vidas? Dejen sus comentarios, me encantaría conocer sus perspectivas.
La esperanza quizás no sea el ladrón más grande de los sueños, pero no deja de ser limitante cuando de ellos se trata. Cuando no hay acción y solo nos sentamos pausados a esperar un resultado.
ResponderEliminarConsidero prudente, por formación personal, que la "esperanza" debe ser relegada a situaciones fuera del alcance de las manos de los individuos, como un acto de fe, donde una vez que se han agotado todos los recursos personales y cuando ya no depende del individuo lo que suceda, entonces, para no caer rendido, finalmente, aferrarse a la esperanza puede ser liberador de carga, donde se suelta y se espera con fe que el destino, el universo o la fuerza suprema llamada Dios, resuelva.
Hola Liza, qué interesante punto de vista.
ResponderEliminarClaro, no todo dejarlo a que venga del cielo, sino poner manos a la obra y en acción.
Saludos.