En las últimas semanas, Sinaloa ha sido escenario de una tragedia que no solo duele, sino que nos obliga a detenernos y reflexionar profundamente como sociedad. Dos niños, hermanos de apenas 12 y 9 años, fueron arrancados de la vida por un acto de violencia que jamás debió ocurrir. Este suceso no solo afecta a una familia; nos afecta a todos. Una herida que pone en evidencia las fracturas de un tejido social que hemos descuidado durante mucho tiempo.
Me he querido mantener al margen para emitir mi opinión ante este suceso, he escuchado múltiples opiniones y posturas al respecto, respeto a todos en su forma de pensar, en su forma de sentir y de ver los hechos.
En un México donde las noticias de violencia se han vuelto parte de la rutina diaria, cada vez parece más difícil detenernos y reflexionar el dolor que estos eventos generan. Pero este caso no puede pasar desapercibido. Dos niños no deberían morir por un sistema que ha fallado en protegerlos. No podemos permitirnos seguir viviendo como si esto fuera normal, porque no lo es. Y no debe serlo.
Este hecho despierta muchas preguntas que incomodan. ¿Cómo llegamos aquí? ¿Por qué hemos permitido que nuestra sociedad se deshumanice al grado de aceptar la violencia como algo inevitable? Las respuestas no son simples, pero debemos buscarlas con valentía y honestidad. Porque mientras no lo hagamos, estaremos condenados a repetir esta historia, una y otra vez, por difícil que esto se lea, es cierto.
La violencia no es un problema que surge de la nada. Es el resultado de múltiples factores que se entrelazan en un círculo vicioso difícil de romper. En Sinaloa, como en muchas otras regiones del México, vivimos en un contexto donde la pobreza, la desigualdad, y la falta de oportunidades son el caldo de cultivo perfecto para que la violencia florezca.
Comenzaré con lo siguiente, hace meses hubo un video viral, donde se veía a un grupo de niños a los que se les preguntaba ¿qué querían ser de grandes? Entre las respuestas más comunes se veían que ser influencer en redes sociales o pertenecer al crimen organizado. Hemos visto también festejos de cumpleaños con temática “buchona”, se llegó al punto de normalizar estos acontecimientos, y nótese como hablo con la conjugación del verbo que me incluye, normalizamos todo esto como una actividad rutinaria o peor aún, como algo a lo que no le prestaba atención. Escuchar canciones con temática de “balazos” apoyando a un cártel o mencionando la vida de una persona con actividad en el crimen organizado, repito por segunda ocasión, esto es solo para ponernos en contexto de lo que hemos estado viviendo, nada de esto justifica ni sana el dolor de la muerte de esos dos pequeñines.
Cuando un joven crece en un entorno donde el crimen parece ser la única vía para alcanzar el éxito o la estabilidad económica, ¿cómo podemos sorprendernos de que lo elija? Cuando las familias luchan por sobrevivir día a día, y el acceso a la educación y el empleo digno es limitado, ¿qué alternativas reales les estamos ofreciendo?
Pero este no es solo un problema estructural. También es un problema cultural. Vivimos en una sociedad que glorifica el poder a través de la violencia, que romantiza al narcotraficante, y que normaliza la corrupción como parte del sistema. Hemos fallado, no solo en construir un país más justo, sino también en transmitir valores que privilegien la empatía, la paz y la colaboración por encima del egoísmo y la ambición desmedida.
En repetidas ocasiones frente al aula, he dicho que nosotros somos solo “datos” de cualquier gobierno, mis problemas no son los problemas de ustedes, por ejemplo, mientras una familia vivía días desconsolables en Culiacán, mucha gente se dio cita en el estadio Ángel Flores para presenciar el primer y segundo juego de la Serie Final de la Liga Mexicana del Pacífico 2024-2025, eso nos permite observar que “mis problemas, no son tus problemas”. Algo que me enseñó mi papá cuando era niño, fue a no juzgar sin saber, mientras que de niño me burlaba de una persona de la construcción por escribir con faltas de ortografía, mi papá me cuestionaba y me decía, pero él sabe hacer una casa, tú, ¿qué sabes hacer? Ahí entendí que no es sencillo cuestionar o criticar a las personas, hay que tratar de entenderlas y ser empáticos, y mientras no practiquemos esto como sociedad, será bien difícil ayudarnos entre nosotros.
Como padre de familia, este evento me golpea de una manera que no puedo describir con palabras. Imaginar el vacío y el dolor que ahora enfrenta esa mamá es insoportable. Perder a un hijo es una tragedia que ninguna persona debería experimentar jamás, y menos aún por un acto de violencia que pudo haberse evitado.
La muerte de estos niños no solo afecta a su mamá, a sus tíos, a sus abuelos. Afecta a la comunidad, a sus compañeros de escuela, a sus vecinos, y a todos nosotros que seguimos con vida y debemos cargar con el peso de su ausencia. Porque cada vez que un niño pierde la vida de esta manera, también perdemos una parte de nuestro futuro.
Debemos entender que las heridas que deja la violencia no se limitan al momento en que ocurren. Son cicatrices que se quedan en las familias, en las comunidades y en las generaciones futuras. Cuando un niño muere, se apagan sus sueños, pero también se quiebra la esperanza de quienes lo rodeaban.
Es natural sentir indignación y dolor ante una tragedia como esta. Pero la indignación, por sí sola, no es suficiente. Necesitamos convertir ese dolor en acción. Necesitamos transformarlo en cambios concretos que nos lleven hacia una sociedad más justa, más segura y más humana.
Esto comienza con pequeñas acciones cotidianas. La forma en que educamos a nuestros hijos, la manera en que tratamos a nuestros vecinos, y las decisiones que tomamos como ciudadanos tienen un impacto directo en el tipo de sociedad que estamos construyendo. Pero también necesitamos cambios a mayor escala. Es indispensable que exijamos a nuestros líderes que trabajen en políticas públicas que ataquen las raíces del problema: la pobreza, la desigualdad, y la falta de oportunidades para los jóvenes.
Es cierto que el cambio no ocurrirá de la noche a la mañana. Pero eso no significa que no debamos intentarlo. Cada esfuerzo cuenta, y cada pequeño paso nos acerca a un futuro diferente. No podemos devolver la vida a estos niños, pero sí podemos honrar su memoria construyendo un Sinaloa en el que ningún otro niño tenga que vivir lo que ellos vivieron.
En estas líneas alzo la voz no solo por esos hermanos a quienes les arrebataron sus sueños, no solo por esa madre de familia que se queda sola, sino también por esas familias que buscan a un familiar, esos hijos que se han quedado huérfanos mientras sus mamás son datos del incremento de los feminicidios. Tengo una hija, tengo un hijo, solo quiero que sean felices, que respeten, que disfruten la naturaleza y la grandeza de los pequeños detalles.
Presten atención en lo siguiente, de acuerdo con noticias internacionales, dos mexicanos fueron liberados por rebeldes hutíes de Yemen tras estar secuestrados desde noviembre de 2023, dos mexicanos secuestrados y mantenidos con vida, olvidemos por un momento el daño psicológico o físico que pueden tener, pero veamos la cara de la moneda de que volverán a ver sus familias tras el cese de armas entre Hamás e Israel, ¿será que los secuestradores tienen otro tipo de códigos morales y valoran la vida? Puede ser por el simple hecho cultural o religioso, trasladamos la situación a México y veamos como la mayoría de los problemas sociales termina con la vida de las personas, es más fácil matar que lidiar con el problema, ¿quién está bien y quién está mal? Ya no sé cuántas veces lo he repetido, pero difícil de responder, yo no tengo la respuesta.
Hay un video de un compañero de uno de los niños fallecidos de Culiacán donde dice que tiene coraje, miedo e impotencia, ese es el sentir de muchos niños. Muchos niños que viven alarmados, niños que viven atemorizados, niños que están recibiendo tratamiento psicológico, ¿cuál fue su pecado, nacer en Sinaloa?, ahora imagino a los niños de Palestina, Israel, ¿su pecado fue nacer ahí? La cultura y la religión son cuestiones en su mayoría geográficas, de acuerdo con el lugar donde nacemos es lo que nos inculcan, yo soy católico, pero ¿si hubiera nacido en India? Es muy probable que profesara una religión politeísta gracias a que mis padres practicaran esa religión.
¿Qué va a pasar en Sinaloa? No lo sé, pero si me hace reflexionar y cuestionarme, ¿qué estoy haciendo? Mi bálsamo ante esta situación era, solo les pasa algo a los que andan “enredados en el crimen” ¿los niños estaban enredados? El hashtag #conlosniñosno se volvió tendencia en redes sociales. Solo espero que lleguemos a recapacitar en nuestro quehacer diario.
En momentos como este, es fácil caer en la desesperanza. Pero no podemos permitirnos perder la fe en nuestra capacidad de cambiar las cosas. Porque aunque la violencia es una realidad dolorosa, también lo es la bondad y la resiliencia de las personas que, día a día, trabajan por un mundo mejor.
En Sinaloa, hay jóvenes que, a pesar de las adversidades, eligen estudiar, trabajar y soñar con un futuro diferente. Hay maestros que dedican su vida a educar con amor y compromiso. Hay familias que, con esfuerzo y sacrificio, enseñan a sus hijos a elegir el camino del bien. Son ellos quienes deben ser nuestro ejemplo y nuestra inspiración.
La empatía es clave. Debemos aprender a mirar más allá de nuestras diferencias y a reconocernos en el otro. Porque el dolor de una madre que pierde a su hijo debería ser el dolor de todos. Y la esperanza de un joven que sueña con un futuro mejor debería ser la esperanza de todos.
Solo quise expresar mi sentir, quise desahogarme ante lo que estoy viviendo, ante la impotencia que siento de que con facilidad hay vidas que están siendo arrebatadas. Doy gracias a Dios por el don de despertar hoy y por el milagro de la familia. Les deseo a todos ustedes paz en sus corazones, tranquilidad y salud. Los invito a seguir adelante, a no desesperarse, no se comparen con nadie más, todo es a su tiempo, estoy seguro de todas las grandes cosas que pueden lograr, el camino es difícil pero es reconfortante.

Normalizamos la cultura del narcotráfico, nos acostumbramos a ver noticias de muertos y desaparecidos. Lo vemos muy lejano que nos aturde cuando lo vemos cerca. Y bien dicen que no entendemos mientras los muertos no sean tus muertos. Pongamos nuestro granito de arena para ser mejores personas cada día.
ResponderEliminarEste es un golpe necesario de conciencia. No se queda en la indignación fácil, va más profundo y eso es lo que lo hace valioso: reconoce que todos hemos normalizado la violencia. Desde la canción que escuchamos sin cuestionar, el festejo "buchón" que nos parece chistoso, hasta el sueño de un niño que ya no quiere ser doctor sino narco o influencer.
EliminarMe pega especialmente esa frase de "mis problemas no son tus problemas", porque retrata perfecto a México. Mientras una madre en Culiacán enterraba a sus dos hijos de 12 y 9 años, otros estábamos en el estadio, en la rutina, siguiendo con nuestra vida. Y tienes razón, eso no es ser malos, es la fractura del tejido social de la que hablas. Nos hemos desensibilizado para poder seguir funcionando.
No es un texto que busca culpables, es un texto que nos invita a asumir nuestra parte. Coincido contigo: la indignación no sirve si no se convierte en acción, y esa acción empieza en casa, en cómo educamos, en qué normalizamos y en volver a practicar esa empatía que te enseñó tu papá. Porque el hashtag #ConLosNiñosNo no puede ser solo una tendencia de una semana, tiene que ser un límite moral que como sociedad nos neguemos a volver a cruzar.