Hablar de IA en estos momentos es como hablar de política: todos han escuchado algo y tienen una idea de lo que es, pero solo unos pocos entienden cómo funciona.
Así está actualmente buena parte de la sociedad frente a la inteligencia artificial. Todos “piensan” que saben utilizarla porque le hacen una pregunta y reciben una respuesta: muchas veces cierta, otras tantas carente de información y algunas más completamente fuera de contexto. Pero, al final, la herramienta entrega lo que le pedimos, incluso cuando la instrucción estuvo mal planteada.
Hablar de inteligencia artificial es muy común hoy en día. A cada rato encuentro cursos que prometen ayudarte a elaborar una tesis mediante IA, enseñarte a utilizarla correctamente, generar imágenes, ser más eficiente en el trabajo o hacer más en menos tiempo. Curiosamente, hoy recibí dos constancias que acreditan que cursé satisfactoriamente dos programas sobre IA, además de otros tantos que he realizado.
Noto, aunque pueda sonar trillado, que las nuevas generaciones están creciendo con la posibilidad de tener prácticamente todo al alcance de la mano, de una manera rápida y sencilla. Sin embargo, también veo que batallan para utilizar estas herramientas de manera eficiente y productiva.
A lo largo de los últimos meses, dos momentos me han llamado mucho la atención.
El primero fue la publicación de Magnifica humanitas, la encíclica del Papa León XIV sobre la inteligencia artificial y la dignidad humana. En un evento reciente comenté que resulta muy curioso que el líder mundial de la Iglesia católica hable de IA en estos momentos y, además, la relacione directamente con la dignidad.
Movido por esa curiosidad, me di a la tarea de leer la encíclica. Lo que rescato del documento es el llamado a utilizar la inteligencia artificial de manera responsable: como una herramienta que nos permita tener mayor libertad, no como una tecnología que termine atándonos o decidiendo por nosotros.
Hay, además, una conexión histórica que me parece muy interesante. La encíclica fue firmada en el aniversario de la publicación de Rerum novarum, el documento con el que el Papa León XIII abordó la dignidad humana, el trabajo y las transformaciones producidas por la Revolución Industrial.
Si están entendiendo y analizando esta relación, resulta muy significativo que dos Papas llamados León, cada uno en su propio momento histórico, hayan hablado sobre la dignidad humana frente a grandes transformaciones ocurridas fuera del Vaticano y alrededor del mundo o, como lo mencionó el Papa Francisco en su encíclica Laudato si, en, nuestra “casa común”.
El segundo momento que captó mi atención fue Toy Story 5. La película coloca en el centro una confrontación entre los juguetes tradicionales y una tableta que amenaza con sustituir el tiempo de juego. Mi lectura es que intenta generar conciencia sobre la necesidad de que los niños vuelvan a jugar con sus juguetes, convivan y reduzcan el tiempo frente a las pantallas.
El mensaje entre líneas es interesante. Si tienes más de 35 años, probablemente lo entiendas a la perfección. Si tienes menos de 12, como mis hijos, es posible que te resulte aburrido y respondas con un: “Nah, no quiero jugar; quiero usar el iPad”.
A pesar de eso, nosotros seguimos luchando por reducir el tiempo de pantalla y procurando que pasen más tiempo jugando a la pelota con sus amigos o realizando actividades al aire libre. Sin embargo, de eso a prohibir completamente su uso existe una distancia enorme. Me parece una postura demasiado radical, aunque respeto a quienes deciden hacerlo.
Hoy por hoy, la IA está marcando un parteaguas muy importante en muchos sectores productivos, si no es que en prácticamente todos.
Ignorar esta herramienta en nuestros procesos diarios sería como querer construir una casa utilizando únicamente martillo, clavos y experiencia empírica, mientras otras personas emplean herramientas automatizadas, martillos de impacto, sensores de precisión, planos, cálculos y toda la innovación tecnológica que tienen a su alcance. ¿Notan la desventaja entre unos y otros? Es completamente desproporcionada.
Desde mi punto de vista, la IA no va a desplazar por completo la mano de obra. Lo que sí está haciendo es exigirnos que aprendamos a utilizarla y que desarrollemos nuevas capacidades. También nos obliga a prepararnos para guiar a nuestros hijos en el uso de estas tecnologías.
Pero ¿cómo voy a enseñarles a utilizar la IA si mis propios padres ni siquiera me enseñaron a utilizar la computadora? Esa podría convertirse en una excusa común.
El reto para quienes somos padres es enorme. ¿Cómo controlamos el acceso a toda la información que tienen disponible? Aunque, pensándolo bien, quizá la pregunta debería formularse de otra manera:
¿Cómo les enseñamos a no caer en las trampas y redes de todo lo que les muestran?, ¿Cómo evitamos que normalicen la idea de que todo lo que ven (excesos, lujos y vidas aparentemente perfectas) es real o está fácilmente al alcance de cualquiera?
No quiero sonar contradictorio ni tampoco me jacto de santo, pero sí quisiera enseñarles a mis hijos a utilizar diferentes herramientas de IA. Me gustaría capacitarlos en algunas de las muchas opciones que tienen a su alcance. Creo que eso podría representar una ventaja competitiva para ellos. Bueno, eso pienso.
Retomando lo que escribió León XIV en su encíclica, la IA no debe sustituir nuestro criterio, nuestros valores ni nuestro pensamiento crítico.
Coincido con quienes invitan a sus alumnos a utilizar inteligencia artificial, sobre todo cuando también les piden compartir sus resultados, explicar su proceso y reflexionar sobre su experiencia. Pero hoy por hoy, limitarla o prohibir completamente su uso me parece un pensamiento de 1960.
Las cosas ya no funcionan como ayer. Y las cosas que funcionan hoy tampoco funcionarán de la misma manera mañana.
Si han utilizado alguna herramienta de IA, ChatGPT, Gemini, Meta AI o cualquier otra que conozcan, deben recordar que no sustituye nuestros valores ni posee un criterio moral propio. Nos ofrece respuestas y sugerencias a partir de datos, patrones e instrucciones, pero tomar todo lo que nos entrega como una verdad absoluta me parece peligroso.
Debemos interactuar con ella, ser claros con lo que pedimos y analizar la información que nos proporciona. Hay que verla como una posible respuesta, no necesariamente como la respuesta correcta. Después, con esa información y con nuestra propia experiencia, debemos determinar si lo que recibimos es válido, útil, pertinente o completamente equivocado. Pero no sustituye la interpretación de un experto, por ejemplo, un médico.
El tiempo seguirá su curso. Las actividades se irán adaptando. El tema de la inteligencia artificial continuará marcando pautas y tendencias.
Por eso debemos estar atentos a lo que viene y evitar encerrarnos en una burbuja de pensamiento que diga: “mis hijos no usan pantallas”, “yo no utilizo inteligencia artificial”.
No se trata de satanizar la tecnología. Se trata de estar atentos, guiar, apoyar, observar y resolver dudas. Si no conocemos la respuesta, investiguémosla.
Los TQM.

Comentarios
Publicar un comentario